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miércoles, 24 julio, 2024

Sobrevivientes y Ricardo Darín: así son las historias de la AMIA en el teatro

Dos mujeres y dos hombres están ahí, vestidos pero desnudos. Con los pies en la tierra y las emociones en acrobacia, volando por los aires. No se ven redes en el escenario a oscuras. No las hay. Apenas cinco sillas para cuatro intérpretes, de modo que -aunque cambien de posición una y otra vez- siempre habrá una silla vacía.

Así, «La silla vacía», se llama la conmovedora experiencia teatral que montó la AMIA en la sede de Pasteur 633, en el mismo sitio que hace 30 años explotaba por un ataque terrorista demencial.

De aquellos escombros de vidas estalladas se nutre esta experiencia que es memoria y presente al mismo tiempo: sobre las vidas de los que murieron aquel día (18 de julio de 1994, 85 víctimas) y de quienes debieron seguir hasta aquí, viviendo con la carga de aquellas muertes.

Aunque sólo uno de los cuatro actores en escena es estrictamente un sobreviviente -Adrián Furman salió caminando por los fondos del edificio después del estallido-, todos lo son: los otros tres -Hugo Basiglio, Jennifer Dubín y Alejandra Terranova- son familiares de víctimas que cuentan cómo aprendieron a seguir con sus vidas cada día, sin papá. También sobreviviendo.

Familiares de las víctimas de la AMIA, en escena. Familiares de las víctimas de la AMIA, en escena. Ricardo Darín le presta su voz a un escenario que «habla» tratando de entender lo que va a pasar, y se lo cuenta al público: actores que no son actores van a decir un guión que no es un guión en una superficie completamente despojada, donde el único detalle será una silla más que los protagonistas.

Así se construye una trama de monólogos hilvanados por el dolor, pero también atravesados por el humor, la ternura y el futuro.

«La silla vacía» no es una obra sobre la muerte, sino sobre la vida.

Ahí están el único hincha de River en una familia íntegramente de Boca; el padre que comía (y sonreía) demasiado; la liturgia familiar de ir a ver a Atlanta; el discman de regalo sorpresa que llegó después de la ausencia; la camioneta de papá recuperada años después, con esquirlas en la caja, y tantas, pero tantas cosas postergadas que se volvieron imposibles.

Los actores que no son actores se emocionan y se consuelan entre ellos. También se guían, si alguno trastabilla con la parte que le toca. Están a flor de piel y los relatos son tan claros, tan simples, tan profundos, que en un momento narradores y público son una misma cosa.

Los protagonistas Los protagonistas «dialogan» con sus monólogos.Muchos de quienes oyen en la platea no perdieron a nadie en la AMIA, pero todos vivieron algo de lo que los protagonistas cuentan sobre sus ausencias y esos objetos que no eran nada y ahora lo son todo porque los recuerdan. Esos objetos son sus dueños que se fueron.

Jennifer lleva un tatuaje que dice «Mi Dios es mi papá»; Hugo vuelve humorístico el momento en que pidió ver los huesos del suyo y conmueve con su imposibilidad de estar solo; Alejandra esperaba que su papá le llevara unos resultados médicos cuando no vino más y Adrián aún tiene la manía de mirar el reloj sin darse cuenta cada mañana de su vida.

Casi siempre, cuando lo mira, son las 9.53.

La hora exacta de la explosión que se tragó a su hermano.

Jennifer sufre porque su padre la besó dormida cuando se fue por última vez (y ella, entonces una nena de 8 años, no pudo sentir ese último beso), y Adrián porque olvidó la voz de su hermano. Recuerda todo de él, cada día. Pero no su voz.

El final no es para spoilear pero tampoco puede ignorarse. Sólo diremos que suena «Como la cigarra», en pantalla gigante y en una particular versión.

En la avant premiere de este martes hubo un final con ovación de pie durante cinco minutos.

Una selfie final para los protagonistas y el público.Una selfie final para los protagonistas y el público.Flores para los actores que acababan de debutar -¿no es ser actor representar un papel de sí mismo y transmitir las emociones de ese modo?- y un reconocimiento del presidente de AMIA, Amos Linetzky, a los familiares de las víctimas «que siguen siendo nuestro Norte a la hora de hacer memoria y reclamar justicia».

El atentado sigue impune.

Con idea de Elio Kapszuk y dirección de Sol Levinton, la obra podrá verse el lunes 1°, martes 2 y miércoles 3 de julio, a las 20, en Pasteur 633. Las entradas son gratis pero hay que reservarlas por internet, a través de este link.

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