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San Fernando del Valle de Catamarca
5 abril, 2025

Mundos íntimos. Me operaron de la columna: buscaba mejorar, pero quedé inmóvil. Qué pensé al ver que algo había salido mal?

Estoy solo, boca arriba, inmóvil, en un cubículo separado por cortinas, conectado al monitor, la sonda, el drenaje, el brazo para la presión arterial y la vía por donde pasan suero, antibióticos, antinflamatorios y vaya uno a saber qué más, en medio de un silencio solo interrumpido por unos biiip biiip. Recuerdo esa imagen como un punto de partida de lo que tenía que enfrentar en mi nueva vida.


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No ahogarse en la propia bronca

Mi médula estaba dañada, comprimida en la zona cervical y me acababan de operar. Pero esa fría mañana, hace ya un año y medio, desperté de la anestesia y por más que mi mente enviaba las órdenes, no podía mover nada. Ni las piernas ni los brazos. Tampoco las manos. Había salido del quirófano del Hospital Italiano completamente paralizado, cuadripléjico. Durante la cirugía había ocurrido una complicación conocida como “síndrome del cordón blanco”, del que sólo existen treinta casos publicados en la literatura médica mundial, y que es algo así como un infarto medular.

La buena noticia que me dieron fue que, de los casos reportados, muchos lograron recuperarse después de algunos años. Me aferré en mi interior a esa posibilidad. Fue instintivo. Deseaba curarme, el tiempo que tomara.


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Filosofía de la incertidumbre

De a muy poco empecé a poder mover mi lado derecho. Una kinesióloga empezó a ocuparse de mí. Haciendo un esfuerzo titánico, sostenido por ella, logró que me parara sobre mis pies. Habrán sido veinte, treinta segundos, no más. Después mi normalidad pasó a ser dar unos pasos con un andador, y soñar con que algún día podría volver a caminar normalmente.

En el hospital. Martín Richard con su hija Lucrecia. Al principio la falta de sensibilidad de su cuerpo resultó muy complicada. De a poco fue recuperando movimientos.

Estuve internado dieciséis días. El tiempo transcurre lentamente en el hospital. Las horas se consumían y mi mente no paraba de dar vueltas y vueltas. Pensaba en mi padre, que falleció hace once años, en un cuarto de terapia intensiva, con los mismos ruidos y olores. Él me llamaba por teléfono casi todos los días. “¿Qué hacés, Tin?” era su arranque de conversación. Me decía Tin, igual que mi madre, muy pocas personas me llamaban así. Recordaba su voz como si estuviera escuchando una grabación, eso me hacía sonreír, y un túnel del tiempo me transportaba por un instante hacia él. Y me lo imaginaba mirándome con esos ojos azules tan transparentes y, como me pasa a mí con mis hijos ahora, pensaba en lo feliz que se sentiría solo con el hecho de observarme.

Al séptimo día detectaron que unas bacterias habían entrado en mi cuerpo y debía retornar al quirófano a que me hagan una “toilette”. Fue un golpe duro, me daba miedo que me volvieran a operar, que me abrieran de nuevo. Tiempo después un médico me hizo tomar conciencia del peligro que corrí, la infección hospitalaria podría haber derivado en un estado clínico mucho más grave, eventualmente terminal.

Pero mi suerte corría por otro carril. Tengo cuatro hijos adultos de mi primer matrimonio y mellizos de catorce años con mi actual mujer. No era mi destino perderme sus momentos, sus detalles, seguir teniendo el privilegio de acompañar el camino de todos ellos.

Martín Richard logra darle la mano a un amigo, una “tarea” que parecía imposible durante los primeros días del posoperatorio.

Uno de mis hijos se ofreció para quedarse conmigo parte de una noche y resultó ser un gran acompañante, me ayudó con la comida, con la ida al baño y se quedó casi hasta la medianoche. La conversación que mantuvimos fue preciosa. La percepción que como padres tenemos de la paternidad es temerosa, creemos que nuestros hijos nos quieren, pero no es lo más común que nuestros hijos nos lo expliciten y, por lo menos en mi caso, está esa duda, esa inseguridad presente. Por eso, cuando aquella noche mi hijo hizo un elogio espontáneo y honesto de mi paternidad, me generó una sensación de bienestar que me hizo olvidar por un momento mi cuerpo casi inmóvil.

La cama de un hospital invita a pensar. Recordaba a mi madre, que se fue hace tres años. Alta, con sus increíbles ojos verdes, su elegancia, su estilizada figura, su porte, su voz poderosa, mamá con su sola presencia me daba una seguridad total. En las buenas y en las malas, ella estaba ahí, como un guardaespaldas que siempre te acompaña, en los días más diáfanos y durante las noches más oscuras. Cuando alguna desgracia ocurría, ella solía decir “contá tus bendiciones”, creo que es un proverbio irlandés, y por eso ella lo decía en inglés, porque es como se lo enseñaron de chiquita.

En las noches eternas de hospital, recordar mis bendiciones me sirvió para intentar sobreponerme, para que cuando aparecieran las angustias, yo pensara en mis bendiciones, en mis afectos, y ello hiciera que de algún modo pasara a tener pensamientos positivos, aunque me costaba, porque una y otra vez volvía sobre mis miedos, y me hacía preguntas y más preguntas y a veces no encontraba las respuestas.

El día catorce Lucre, mi mujer, me llevó en la silla de ruedas a la confitería del hospital. Mientras esperábamos el pedido, me vino a la mente la noche en que la conocí, una cita a ciegas, hace casi veinte años. Lo que más me llamó la atención y agradó aquella noche fue su actitud desenvuelta, segura, y su tonada cordobesa suavemente cantada, un poco aniñada quizás. Nos subimos al auto y charlábamos de cualquier cosa, el viaje fluía. Un tema lento ambientaba el trayecto.

—Está bueno este tema, a mi hijo le encanta —le dije.

—¿Tenés un hijo? —ella me miró asombrada.

—Tengo cuatro —le contesté tragando saliva y viendo cómo le cambiaba la expresión de la cara.

Así comenzó todo, lo tengo todo grabado en mi mente como si estuviera ocurriendo ahora. Ella me confesó tiempo después que se relajó pensando que esa historia tenía fecha de vencimiento casi inmediata. Sentado en mi silla de ruedas frente a ella, esa misma mujer con la que tuve que remarla como un olímpico aquella noche, y que me dio, además del privilegio de compartir su vida, dos hijos mellizos que son un milagro, me di cuenta que también ella era un paciente, porque tenía todo sobre sus hombros, y si bien yo era el que estaba en la cama luchando por recuperarme, ella estaba a mi lado, aguardando que mi cuerpo vaya despertando, haciéndome el aguante, sufriendo en silencio, seguramente preguntándose cómo será la vida con un marido discapacitado.

Juan y Lu, mis mellizos, vinieron a visitarme un domingo. Me dieron un beso, corrieron a colocarse al lado de mi cama y me contaron de sus colegios, de sus actividades, como si fuera una noche cualquiera cenando en casa. Y me preguntaron cuándo iba a volver. Es lógico que los hijos quieran ver de nuevo a su padre en casa. Les dije que en una semana más quizá, sin tener certeza alguna. Observé a mi hija Lu sentada cerca de mi cama y pensé en esa chica que me sorprende todo el tiempo, con su humor, su inteligencia. Y recordé un diálogo que mantuvimos hace un tiempo durante un almuerzo.

—¿Pa, sabías que los chinos son dueños de todos los osos panda del mundo? —disparó ella de la nada. Estaba por decirle “qué bien”, pero me detuve, algo me sonó raro.

—Se los alquilan, son todos de China —insistió.

Así que mientras nos servían la comida, fuimos a dirimir la cuestión con el señor Google. Eran de China nomás. Y como decimos los abogados, dejé ahí nomás mi caso descansar.

Juan se acercó y se sentó en el borde de la cama.

—¿Papi, vas a poder caminar? — lo preguntó así nomás, como despreocupado, como si me estuviera preguntando la hora.

—Sí, Juancho, me va a tomar un tiempo, pero voy a poder.

—¿Y cuánto tiempo?

—No sé, ya puedo con ayuda, ¿querés ver? —le dije y me agarré de la baranda de protección de la cama con mi mano derecha para empujarme con fuerza y quedarme en posición de sentado. Coloqué el andador de frente, me puse de pie y di unos pasos para mostrarle.

—¡Nashe! —dijo. Y una gran sonrisa se le dibujó en su rostro.

El día dieciséis me dieron la noticia que habían detectado las bacterias, que los antibióticos habían dado resultado, que el riesgo de infección estaba neutralizado y que en esas condiciones me podían dar el alta. Salí del hospital en silla de ruedas. Abracé a mi kinesióloga y le agradecí todo lo que hizo por mí. Con el cuello ortopédico puesto, no pude voltearme para hacer un último contacto visual con ella, ver su reacción, despedirme por última vez. Solo pude alzar el brazo derecho y hacer un saludo e imaginarme que ella me lo había devuelto.

Un año y medio después, tras sesiones de kinesiología y terapia ocupacional diarias, pasé de hacer trayectos cortos con un andador prácticamente sin fuerza, equilibrio ni control, a convertirme en una persona autónoma, capaz de autogestionarme, capaz de subir las escaleras de mi casa y poder manejar mi auto.

Es posible que no vuelva a hacer muchas cosas de mi vida anterior, como esquiar, jugar un partido competitivo de tenis o simplemente correr. Si pienso cómo quedé después de la operación, una persona cuadripléjica, o cómo llegué a mi casa en silla de ruedas después de los dieciséis días de internación, y ahora ser capaz de caminar normalmente, aunque lo hago más despacio que antes, lo puedo asumir como un desafío de recuperación que a diario tengo que enfrentar.

Recuerdo un video que vi hace poco de un gran tenista. Decía que cuando uno pierde un punto, ese punto se convierte en el más importante, porque hay que dejarlo atrás y liberarse para comprometerse completamente con el siguiente punto. Y dice que cualquiera que sea el juego que uno practique, muchas veces se van a perder puntos, pero de nada sirve lamentarse por ellos, la energía negativa es energía desperdiciada.

Pienso en ello, y siento que a veces tengo miedo, incertidumbre, a veces enojo, pero no quiero caer en la autocompasión, en “¿por qué yo?, ¿por qué justo me tocó a mí?”. Quiero luchar por ser positivo, concentrarme en el ahora, en continuar transitando y celebrando mi vida dejando atrás lo que me pasó. Y, como enseñó aquel gran tenista, solo enfocarme en vestirme, atarme los cordones de las zapatillas y estar preparado para pelear el próximo punto.

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