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lunes, 17 junio, 2024

El corazón del punk feminista: cómo fue el debut de Bikini Kill en la Argentina

Pocas bandas en la historia del rock reescribieron las reglas. Y cuando lo hicieron, fue en términos de éxito, producción, sonido, decibeles, moda, marketing. El rock sigue, fracaso tras fracaso,esperando un mesías que se presente en los mismos términos que los que alguna vez triunfaron.Avizorar a los nuevos Beatles, Rolling Stones, Jimi Hendrix, Led Zeppelin, David Bowie, Sex Pistols desde la repetición de sus logros en la mímesis de nuevos intérpretes es donarse al malentendido. Será por eso que desde el día que Kurt Cobain decidió terminar con su vida y la de su grupo, Nirvana, ninguna banda asumió por mérito y sustancia el destino del rock como una palanca de cambio cultural.

Dicho todo eso, puede uno destaparse un oído y cubrir el otro. Entonces, recordar la historia de una rica simbiosis cultural donde en realidad Kurt Cobain, allá por 1990, descubrió que existía una sensibilidad paralela a sus nociones de punk rock y hard rock. Y una de las promotoras de esa nutrición fue Toby Vail, una polifacética muchacha de Olympia (Washington, Estados Unidos) empapada en feminismo, autogestión y una forma de abordar el punk rock como vórtice de libertad y subversión de valores.

Se dice que Cobain quedó infatuado por una relación que terminó siendo de amigovios, y de la que su próxima pareja, Courtney Love, terminó celosa de por vida. Algunas cosas quedaron para siempre en el corazón del líder de Nirvana: su amor por el punk femenino/feminista de bandas inglesas como The Slits, The Raincoats y X-Ray Spex y el graffiti que Kathleen Hanna, amiga y compañera de banda de Vail, dejó en la pared de la casa que habitaba Cobain: “Kurt smells like Teen Spirit”. Una alusión al desodorante que usaba el músico que se transformaría en música en Smells Like Teen Spirit, el gran himno de Nirvana.

De alguna manera, Bikini Kill, la banda formaron Kathleen Hanna y Tobi Vail, terminaría influenciando discursivamente el futuro del rock. ¿Fue Nirvana un caballito de troya de una forma feminista y deconstruida de hacer rock? No y sí.

No, porque el éxito disparado por la notable hechura del disco Nevermind (1991) los puso a pulsear contra titanes globales del rock duro y fálico de la trayectoria de Guns n’ Roses y Metallica, y su alcance fue tan masivo que era imposible que llegara sin grises. Sí, porque Cobain y sus compañeros aprovecharon la fama y su posición de poder para encargarse de colar mensajes anti-machistas, de inclusión y empatía, en cada oportunidad que les fue brindada.

Tobi Vail. La baterista y cantante de Bikini Kill, pieza fundamental y alguna vez figura inspiradora de Kurt Cobain.  Foto: Nora Guzmán.Tobi Vail. La baterista y cantante de Bikini Kill, pieza fundamental y alguna vez figura inspiradora de Kurt Cobain. Foto: Nora Guzmán.Incluso, en la inolvidable noche de su único show en Argentina (30/10/1992) cuando al notar que parte del público argentino (tan creído “el mejor del mundo”) agredía y echaba del escenario a sus amigas teloneras (Calamity Jane) optaron por desplegar un show de abulia y arrogancia sobre la audiencia intolerante, negándose a tocar el hit y ocupándose de ocultar cualquier rastro de empatía y comunicación. Un hecho histórico del que todavía se habla.

El sábado, promediando el show de Bikini Kill en el ART Media, Tobi Vail dejó la batería (no fue la primera vez), tomó el micrófono y dedicó el tema Distinct Complicity “a nuestras amigas de Calamity Jane”. Más de tres décadas después, el recuerdo no deja de impactar y ellas, activadoras de un movimiento conocido como Riot Grrrl, no dejan de señalarlo.

Esperadas por décadas y reformadas hace un lustro, las Bikini Kill no podían haber llegado en un momento más justo. Un día después de la multitudinaria marcha al Congreso por el Día de la Mujer y luego de la destitución del Salón de la Mujer en la Casa Rosada.

Su forma de atacar los temas, de una manera básica y punzante, no hizo más que alzar los corazones de cientos de mujeres que tomaron su lugar, el que la propia Hanna lleva más de tres décadas propulsando: las chicas adelante, frente al escenario, siendo las dueñas del pogo, priorizando el canal comunicacional, permitiéndose disfrutar del territorio.

Bikini Kill, una hora y media sobre el escenario de pura energía y foco, sí que han reescrito la historia del rock. Y aunque no puede decirse que lo que se escuche venga de las esferas o notifique acordes inéditos, lo suyo es proponer una historia paralela del rock, en una cuerda cuántica y tangencial, donde el hombre no existe más que como una sombra hostigadora.

Kathi Wilcox. La bajista de Bikini Kill en acción durante el show del sábado.Foto: Nadia GuzmánKathi Wilcox. La bajista de Bikini Kill en acción durante el show del sábado.Foto: Nadia GuzmánTácita, en todo caso, porque las canciones son de vos a vos, sobreentienden y replican catarsis, sarcasmo y humor. Por entre el público, Patricia Pietrafesa (Cadáveres de niños, She-Devils, Kumbia Queers) se pasea como una par: igual que las BK, incluso antes, ella diseñó una escena en el punk local a base de fotocopias, fanzines, poner el cuerpo y mutar, sin perder la capacidad de ser un verdadero despertador de conciencias en cuanto al género musical y las cuestiones de género.

A la hora de los bises sonó Rebel Girl, uno de los clásicos más notorios. Una ruidosa oda a la sororidad que se desata con paciencia y pasión, mientras el ritmo cabalga como un corazón desbocado: “Chica rebelde/ vos sos la reina de mi mundo/ Cuando ella habla/ escucho la revolución en sus caderas/ Realmente quiero ser tu mejor amiga”. Un ratito más tarde, sobre una avenida puntualmente llamada Corrientes, toda la electricidad seguía siendo de ellas.

JB

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