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jueves, 26 mayo, 2022

El marginal volvió a Netflix con más crudeza, viejas y nuevas caras y un relato que atrapa de entrada

El reloj ya está corriendo. Sin aperitivos, y con la sensación de que algo está a punto de detonar, el primer pantallazo de la temporada 4 (secuela de la primera), que se estrenó este miércoles globalmente en Netflix, consuma la vuelta de Pastor (Juan Minujín) a la cárcel. La vuela a El marginal.

Y, con él, una secuencia casi coreográfica, donde una persecución policial de calidad fílmica -que responde al intento de fuga de su personaje, Miguel Palacios- abre el juego una vez más: con nuevas rutas narrativas, más crudeza de la habitual y la invitación a un viaje del que –si ya le diste play al televisor o a la pantalla de la tablet- probablemente sea muy tarde para bajarse.

Aunque la expectativa le sumó fichas al regreso -que se empoderó mientras los autores le sacaban filo al pasado de los internos de San Onofre, a través de dos precuelas-, parte de la jugada maestra de esta secuela fue no descansar en eso. Y, para lograrlo, ante un receso extendido por cuestiones sanitarias -que ayudó a pulir todavía más los libros-, se aceitaron bien los motores. Que, después de un buen rato, ya pedían pista.

El reencuentro: Diosito Furtado) y Mario (Rissi), cara a cara con Pastor (Minujín).

Lo bueno de un viejo conocido (de la TV)

De base, un penal completamente nuevo, donde, como anticipaba Minujín a Clarín previo al estreno, “los barrotes son barrotes” y las puertas son resistentes (a toda clase de atrocidades funcionales a la historia) por ser de metal. “Bienvenidos a Puente Viejo. Bienvenidos al infierno”, avisa Pastor en un primer careo con los hermanos Borges: el reencuentro ficticio más esperado que, como buen plato fuerte, no se deja espiar hasta entrado el final del primer episodio.

En Puente Viejo no hay descanso. Ni siquiera (y sobre todo) a la hora de relajarse en la almohada. El peligro está a la vuelta de la esquina y, salvando raras excepciones -como el personaje de Brian (Ignacio Quesada), un joven recluso que peca de inocente y pareciera tener todos los números para pasarla muy mal-, todos conocen el paño.

Desde ya, el cuento sería otro sin las postales de brutalidad extrema, donde la violencia física no da lugar a la imaginación y las violaciones –con encuadres estratégicos – parecieran ser el pan de cada día. Pero también baila, y muy bien, la sutileza: en clave de silencios y guiños gestuales, que no necesitan de una puñalada a sangre fría (o varias a la vez) para vaticinar que algo huele muy mal.

Más o menos visible, algo de esa oscuridad encubierta arrastra la nueva camada actoral de villanos. Que, con la incorporación de Rodolfo Ranni -en la cúpula del poder penitenciario, pero bajo la cortina de un hombre conservador-, Ariel Staltari en un papel con notable peso propio y Luis Luque, el verdadero intocable y dueño del circo tumbero, llegarán a remover el avispero y recibir, a su manera, a los nuevos vecinos.

En ese contexto, donde no todos corren con la misma suerte y muchos deberán adoptar su propio manual de supervivencia, no hay margen para el error. Y romper las reglas, o al menos intentarlo, supone castigos bestiales y de lo más aberrantes. Recurso que para la trama, y como anillo al dedo, permite ahondar en heridas (esas que sangran por dentro) que podrían humanizar hasta al más villano de todos.

Fuera de la atmósfera carcelaria, donde saldar cuentas del pasado es otra olla en ebullición permanente, la venganza también se hace carne con Gladys (Ana Garibaldi), la mujer y cómplice de Mario Borges (Claudio Rissi), con más de un volantazo en escena para alquilar balcones.

Pastor vuelve a la cárcel, tras una fuga que había dejado varias dudas.

Pero no todo arde en llamas. El humor, y también el amor en varias formas y colores, persiste de la mano de Diosito (Nicolás Furtado), que sigue siendo el ancla de una trama que, mientras expone con lupa las peores miserias humanas, cada tanto convida una carcajada salvadora.

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