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domingo, 25 septiembre, 2022

Elecciones 2021: dolor, bronca y el recuerdo del kiosquero asesinado marcaron el domingo de votación en Ramos Mejía

En La Matanza, “la madre de todas las batallas”, un padre se convirtió en víctima y emblema de una de las tantas batallas trágicas del país: la inseguridad.

El clima de Ramos Mejía no es de alegría cívica. A siete días del asesinato a quemarropa del kiosquero Roberto Sabo, hay dolor. Y, sobre todo, hay bronca.

Las consignas que recargan los spots partidarios no se traducen en políticas concretas. Para la familia, los amigos y conocidos de Roberto, no hay palabra que cure, ni excusa que pueda retroceder el tiempo.

Él ya no está, pero se hace presente en los carteles pegados en la puerta de su local (“Gracias por los juguetes que le dabas a mi hijo para sacarle una sonrisa después de llorar por vacunarse, te vamos a extrañar”); en las flores que lo homenajean; y en las urnas de los votantes, marcados por otra muerte, que esta vez se siente personal.

En la Escuela Santísimo Redentor de Ramos Mejia, cerca del kiosco donde mataron a Roberto Sabo, vecinos y amigos hablar de dolor, bronca y miedo por la inseguridad. Foto: Lucia Merle

Oscar tiene 55 años. Mientras espera su turno para entrar al cuarto oscuro, en la puerta de la Escuela Primaria N° 12 “Bernardino Rivadavia” (a pocas cuadras de donde fueron los hechos), se lamenta: “Ahora estamos marchando y reclamando justicia por Roberto, ¿mañana por quién?”.

“Lo veía todos los días, cuando me tomaba el 96. Era un hombre especial, querido por todos. Mi hijo tenía que comprar unos auriculares: él prometió que iba a traerle los mejores y lo hizo. Le daba caramelos… no lo podemos creer”, cuenta.

Para este vecino de La Matanza, el tema de los robos es apartidario. “Te hablo más allá de los gobiernos. Estamos cada vez peor. Las calles paralelas a Avenida de Mayo, donde está el kiosco de Roberto, son un peligro. Ya no pienso en mí ni siquiera, sino en los chicos. En mi hijo, que tiene 13 años”.

En el kiosco de Ramos Mejía donde mataron a Roberto Sabo hace siete días, aún perduran los carteles. Foto: Lucía Merle

Afuera del Colegio Santísimo Redentor, también a escasos metros de donde Roberto fue acribillado, Diana acaba de votar. “Salís y no sabés si volvés”. Por trabajo, no pudo asistir a las movilizaciones. Por primera vez desde el asalto, pasó por el kiosco de Avenida de Mayo al 800: no podía salir del impacto.

Uno de los afiches del lugar, convertido en una suerte de santuario, reza: “Te recordaremos por siempre. Sufrimos la pérdida de una gran persona”. Lo escribieron los empleados de “Los Pancitos”, la panadería que está cruzando la calle.

María Victoria trabaja ahí y vota en el Colegio Don Bosco, a diez cuadras. Fue colega de la esposa de Roberto hace unos años y lo recuerda como un “laburante de sol a sol, de esos que ya no existen”.

Ramos Mejía, a una semana del crimen del kiosquero Roberto Sabo. En en las escuelas del barrio, a metros de donde se produjo el asesinato, vecinos y amigos hablaron de dolor, bronca y miedo. Foto: Lucía Merle

“Es una zona comercial, podría haberle pasado a cualquiera. Podría haberme pasado a mí”, agrega. Cuando piensa en su vecino, se le prende una sonrisa apesadumbrada. Asistió a todas las manifestaciones para mantener viva su memoria. Recuerda los saludos cotidianos y las luces policiales que, hace solo una semana, confirmaban la noticia menos esperada.

Ana, quien vota en la misma institución, no lo duda: “Estamos de luto”. ¿Si lo conocí? Imaginate que a su padre le compraba los juguetes para mi hijo; y, a él, los juguetes para mi nieto”.

Ella sufrió en carne propia un asalto de motochorros, que la dejó con secuelas psicológicas y emocionales. “Quería ir a la marcha de San Justo, pero no pude, por miedo”.

Los hijos del kiosquero lo relataron en distintas entrevistas: todos tenían una anécdota con su padre. Un recorrido por las calles de Ramos Mejía lo confirma. Patricia es fiscal general en el Colegio Don Bosco y amiga de la familia desde hace muchos años.

El dolor y la bronca por el asesinato del kiosquero Roberto Sabo se hizo sentir durante el día de elecciones en Ramos Mejía. Foto: Lucía Merle

El domingo pasado, antes de que un hombre armado entrara al kiosco, estaba por ir para allá, a comprar talonarios. “Vivo a media cuadra. Siempre nos quedábamos hablando con Roberto sobre River, que era su gran pasión”.

Con dificultad, pero también con convicción, recorre los pasillos. “Hay mucho robo de boletas. No sé si es gente mal intencionada o una bajada de línea… es de todos los partidos, aunque más de unos que de otros. Dejémoslo ahí”, aclara.

El duelo que atraviesa Ramos, se mete en las discusiones electorales. Patricia comenta que un muchacho aseguró -no sin ironía- que no tenía problemas en dejar la mochila antes de entrar al cuarto oscuro, si un policía se la custodiaba.

Hace una pausa, como quien rememora. Y sigue: “Roberto era una persona excelente, la gente lo quería. Le daba comida a personas que vivían en la calle. Nos queda el recuerdo y nos queda el miedo”.

“El otro día pasó un chico con una moto y sentí que estaba entregada. Solo quería dejarme pasar. No se puede vivir así”, concluye la mujer, y continúa su tarea como fiscal.

La lucha contra la inseguridad tiene muchas aristas, de las cuales las autoridades no se hacen cargo: un sistema penitenciario recargado e ineficiente, procesos judiciales lentos, índices de pobreza que no dejan de crecer y derivan en la descomposición social más extrema.

Hace días, vallaron la Municipalidad de La Matanza para alejar el malestar social. A horas de que se cierren los comicios, los resultados permanecen en una incógnita. Pero la voz colectiva que exige justicia por Roberto no va a ser silenciada.

SC

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