Oliver McCall vs Lennox Lewis, o una de las peleas por el título mundial más extrañas de todos los tiempos

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“Protéjanse en todo momento”.

La orden es parte del speech que todos los árbitros de boxeo, en cualquier idioma y en cualquier rincón del planeta, repiten a los púgiles en el centro del ring antes del inicio de una pelea. Suena rutinario, casi una obviedad a oídos de una persona acostumbrada a dar y recibir golpes. ¿Quién podría pasar por alto un principio tan elemental? Oliver McCall lo hizo. Eso y mucho más. Y en una pelea por un título mundial.

McCall no era un recién llegado en febrero de 1997, cuando protagonizó ante Lennox Lewis uno de los combates más extraños en los que se haya puesto en juego una corona de los pesados. Por entonces, tenía 31 años y ya había sido campeón mundial. Desde joven había desarrollado sus virtudes defensivas casi como un recurso de supervivencia: en el inicio de su carrera, había sido compañero de entrenamiento del joven Mike Tyson, con quien había hecho más de 300 rounds de sparring. “No me derribó ni una sola vez y yo lo derribé una”, se jactaba.

El Toro Atómico, como apodaban al púgil nacido en Chicago, había conseguido el cetro del Consejo Mundial de Boxeo el 24 de septiembre de 1994 en el Wembley Arena justamente frente a Lewis en una de las grandes sorpresas de esos años. El inglés, que había ganado sus 25 peleas profesionales, era amplio favorito ante McCall, que tenía un récord de 24 triunfos y 5 derrotas. Su foja de servicios no era un gran respaldo, más allá de una victoria en 1991 ante el futuro campeón mundial Bruce Seldon.

Esa noche en Londres, contra todos los pronósticos y a los 19 segundos del segundo round, un derechazo fantasmagórico del estadounidense impactó en el mentón del local, que se desplomó sobre su espalda. El campeón logró recuperar la vertical, pero sus piernas gelatinosas y su mirada extraviada convencieron al árbitro mexicano Lupe García de que lo apropiado era detener la contienda. Así, McCall volvió a casa con el cinturón en su poder. Y con el boleto dorado en el bolsillo.

“Si McCall me gana, merezco retirarme”

En esos días, Mike Tyson estaba en el Indiana Youth Center, una prisión de seguridad media-alta en Plainfield, 30 kilómetros al este de Indianápolis, cumpliendo una condena por la violación de Desiree Washington. Pero su liberación estaba prevista para principios de 1995. “Ya no hay equívocos sobre quién va a pelear con Tyson. Todo el mundo estaba compitiendo por ese lugar, pero ya no hay que preocuparse por eso”, avisó Don King, quien manejaba la carrera del nuevo campeón.

Sin embargo, ese duelo con el que soñaba el promotor no llegó a concretarse. Iron Mike recuperó la libertad el 26 de marzo de 1995, pero el 2 de septiembre de ese año McCall abdicó su corona al perder por puntos en su segunda defensa frente a otro inglés, Frank Bruno, en el Wembley Arena. Seis meses después, Tyson liquidó a Bruno en tres asaltos y volvió a consagrarse después de seis años.

Su primera defensa debía ser ante Lennox Lewis, que después de su derrota frente a McCall había conseguido cuatro victorias al hilo: ante los ex campeones mundiales Ray Mercer y Tommy Morrison, contra Lionel Butler y frente al australiano Justin Fortune. Pero el noqueador de Brooklyn eligió otro camino: desafió a Bruce Seldon por la corona de la Asociación Mundial de Boxeo. Entonces el CMB lo despojó y ordenó para febrero de 1997 un nuevo duelo entre Lewis y McCall por el título vacante.

El estadounidense no parecía estar en las mejores condiciones para semejante compromiso: había sido detenido dos veces durante 1996 por posesión de estupefacientes, había pasado un mes en una clínica de rehabilitación en Carolina del Norte, estaba cumpliendo una pena condicional de 18 meses por otro caso de tenencia y 50 días antes de la contienda fue arrestado nuevamente en un hotel de Nashville por haber zamarreado, en estado de ebriedad, un árbol de Navidad y haber escupido a un patrullero. Pese a todo ello, nadie consideró inapropiado que aceptara el reto. La bolsa de 3,1 millones de dólares era un anzuelo demasiado seductor.

“Si Oliver McCall me gana, merezco retirarme”, sentenció Lewis, quien con su consagración en 1992 se había convertido en el primer campeón pesado inglés en casi un siglo (después de Bob Fitzsimmons en 1897). Antes de ello había vivido en Canadá e incluso había sido campeón olímpico en Seúl 1988 bajo la bandera rojiblanca con la hoja de arce en el centro.

Oliver McCall sobre la balanza durante el pesaje para la segunda pelea ante Lennox Lewis

La extraña pelea

Después de perder su invicto, el León se había separado del entrenador puertorriqueño Pepe Correa y había sumado a su equipo de trabajo a Emanuel Steward, uno de los preparadores más destacados desde fines de la década de 1970, que en la primera pelea frente a McCall había estado en el rincón del estadounidense.

“Prefiero que Manny esté en la esquina de Lewis más que nadie porque sé lo que le dirá que intente hacerme″, razonó McCall, que después de finalizar su tratamiento de desintoxicación se había preparado para este duelo junto a George Benton y Greg Page. “No creo que Oliver vuelva a alcanzar el nivel que tuvo en la primera pelea. Esa noche estuvo extremadamente agudo y concentrado”, arriesgó Stewart.

Cuando llegó el momento de acción, los 4.500 espectadores presentes en el Hilton observaron antes del inicio un comportamiento de McCall que, a la luz de lo que luego sucedería, podía funcionar como una primera señal: el Toro Atómico inició su caminata desde los vestuarios a paso lento y seguido por Don King y sus segundos, pero repentinamente comenzó a trotar por el pasillo que conducía al ring, se alejó de sus acompañantes, subió la escalerilla con un salto, ingresó apresurado al cuadrilátero y recorrió incesantemente la superficie sin que nadie pudiera apaciguarlo. Así escuchó casi toda la presentación de Michael Buffer.

Los primeros tres asaltos transcurrieron por los carriles habituales, con más y mejor actividad del inglés. Pero después del campanazo que marcaba el final del tercer episodio empezaron las anomalías: McCall se negó a volver a su esquina y deambuló por el ring durante todo el minuto de descanso mientras George Benton y Greg Page lo llamaba, desconcertados.

Al inicio del cuarto capítulo, quedó claro que algo no andaba bien: el estadounidense rehusó combatir, dio la espalda a su rival, transitó por el entarimado como si lo estuviera haciendo por una calle peatonal y bamboleó su cabeza, contrariado. Después de 90 segundos, el árbitro Mills Lane le llamó la atención y lo incitó a pelear. No hubo caso: McCall se mantuvo en sus trece y en esos tres minutos solo lanzó tres golpes al desconcertado Lewis, que conectó unos cuantos ante la desidia de su adversario.

Oliver McCall deambula por el ring sin siquiera mirar a Lennox Lewis.

En el cuarto descanso, el estadounidense repitió su ritual de deambular por el ring. Pero después de unos segundos se dirigió a su esquina y rompió en llanto. Mills Lane se acercó al rincón y lo invitó a sentarse. “¿Querés pelear?”, le preguntó. “Quiero pelear. Necesito pelear”, contestó el púgil. Esa poco convincente respuesta y el aval de sus asistentes permitieron que el espectáculo continuara.

Todavía lagrimeando, McCall se puso de pie y volvió al centro del cuadrilátero con la misma actitud renunciante. Lewis, amoldado ya al grotesco, lo castigó con dureza. El norteamericano respondió solo con un golpe. Tras 55 segundos, Lane puso fin al extravagante show. Sin esperar la lectura del resultado que consagraba a su rival y sin el acompañamiento de sus segundos, el perdedor abandonó el ring y volvió a su vestuario rodeado de agentes de seguridad y de abucheos.

Sin el rigor de una mirada profesional, el análisis de lo sucedido era unánime entre los protagonistas secundarios del hecho. “Creo que tuvo una crisis nerviosa y tal vez fue una reacción a la forma en que estaba viviendo fuera del ring”, conjeturó José Sulaimán, presidente del CMB. “El muchacho necesita hablar con alguien del campo de la salud mental”, arriesgó Mils Lane. George Benton fue menos discreto y aportó detalles sobre el comportamiento de su pupilo: “Lewis estaba en el ring con un lunático. McCall hablaba de forma incoherente, pero lo había hecho toda la semana. Empezó hace mucho tiempo”.

Don Duva, organizador del combate, estaba indignado con Don King, a quien responsabilizó por lo sucedido: “Él no debería haber permitido esta pelea. Propusimos que Lewis peleara con otro boxeador y dijimos que cuando McCall estuviera listo, pelearía con Lewis. Don King estafó al CMB. Es una vergüenza. La gente compra entradas y nosotros nos sentimos avergonzados. No se debería haber permitido que (McCall) peleara”.

El árbitro Mills Lane acompaña a su esquina a Oliver McCall, que llora.

Tras la (triste) función

Después del combate, McCall fue sometido a un test de drogas, cuyo resultado fue negativo. Lo mismo había ocurrido tres días antes de la pelea. También se le realizó un control psiquiátrico. “Creo que su estado mental es bueno. Hablé con él. Me dio respuestas y yo hice una evaluación”, explicó Leonora Petty, la profesional que lo examinó, quien igualmente recomendó al púgil que iniciara un tratamiento psiquiátrico.

Un día después de la pelea, McCall brindó una conferencia de prensa en la cual dijo estar “muy bien” y alegó que su comportamiento sobre el cuadrilátero había sido parte de un plan para confundir y desgastar a Lewis. “No abandoné, vine a ganar. Sé que suena un poco absurdo, pero mi estrategia fue una especie de rope-a-dope”, aseguró, haciendo referencia al recurso de recostarse sobre las cuerdas y asimilar golpes que Muhammad Ali había usado ante George Foreman en Zaire en octubre de 1974.

En esos 40 minutos de exposición, el excampeón sostuvo que su llanto en el descanso posterior al cuarto round había sido producto del enojo. Además admitió que no había sentido la ira que habitualmente sentía antes de cada combate y atribuyó eso a una conversión religiosa que había experimentado tras su último tratamiento de desintoxicación.

Apenas terminó la pelea, Marc Ratner, representante de la Comisión Atlética del Estado de Nevada, anunció que la bolsa de 3,1 millones de dólares del perdedor quedaría retenida hasta que se completara una investigación de los hechos. Ese procedimiento derivó en una multa de 250.000 dólares para el boxeador.

A principios de abril, McCall fue ingresado a un hospital psiquiátrico en Danville (Virginia) a pedido de su esposa. El especialista que lo evaluó justificó la internación. “(McCall) representa un peligro inminente para sí y para otros como resultado de una enfermedad mental o está tan gravemente enfermo mentalmente que es sustancialmente incapaz de cuidar de sí”.

Nueve meses después de aquella noche infame y casi en silencio, el peleador de Chicago volvió a un ring: noqueó en el octavo round al ignoto Brian Yates, que había perdido 45 de sus 58 peleas profesionales. Por esa actuación en Nashville cobró 3.000 dólares, un 0,1 por ciento de lo que había pactado por enfrentar a Lewis. Su carrera se extendió hasta 2019 (hizo su último combate con 54 años), aunque nunca volvió a tener una chance por un título mundial.

En cambio, Lewis se convirtió en el dominador de la división máxima en los años posteriores a esa victoria ante McCall. Al título del CMB les sumó los de la AMB y la Federación Internacional de Boxeo, y venció a Evander Holyfield, Mike Tyson y Vitali Klitschko, entre otros, antes de su retiro, en febrero de 2004.

MC

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