La Comarca Andina, la primera parada de una nueva temporada de En el Camino: mirá el programa completo

0
59
la-comarca-andina,-la-primera-parada-de-una-nueva-temporada-de-en-el-camino:-mira-el-programa-completo

Cuaderno de viaje del primer episodio del célebre programa de TN “En el Camino”, que ya lleva 26 años en el aire.

Mirá aquí el programa completo de “En el Camino”. En este episodio, Mario Markic recorre La Comarca Andina. (Video: TN)

La Comarca Andina, al pie de la Cordillera, es un paraíso con algunas ciudades y pueblos que comparten Chubut y Río Negro.

Es también un lugar de exploración y descubrimientos: horas de cabalgatas nos llevan al Cajón del Azul, un sitio recóndito, entre un bosque de cuento, por donde corre el agua más cristalina que imagines. También podés navegar el río Manso que sin embargo, tiene rápidos que convierten el paseo en una experiencia adrenalínica interesante y divertida.

La Comarca es también un vergel, donde uno puede encontrar, gracias a la generosidad de la tierra y al trabajo sostenido e imaginativo de los vecinos, con cosas inimaginables como una destilería de whisky, que es un trago típicamente escocés, pero enteramente argentino, y alabado por los propios escoceses. Y entre otras cosas, volar de árbol en árbol, como en las antiguas películas de Tarzán, o como los pájaros: la sensación maravillosa de vencer el miedo al vacío, bien protegido y con normas estrictas de seguridad.

La Comarca Andina es, ante todo, un placer para los sentidos… Porque si vas a El Hoyo, por ejemplo, podés perderte en el hermoso laberinto más grande la Argentina, que hicieron con mucho talento y garra dos amigos míos. Por lo tanto, toda la Comarca Andina es un viaje inolvidable.

Leé también: “Hice de viajar una forma de vida”: Mario Markic cuenta los secretos de la nueva temporada de “En el camino”

Rafting en el río Manso

Estamos en el valle del río Manso, a una hora de El Bolsón. El río, cristalino y tranquilo, nos espera. Ya vestido con chaleco salvavidas, traje de neopreno y casco.

El día es diáfano, la orilla pedregosa, el agua pura y rica. En la orilla, el bullicio típico de un grupo de personas a punto de vivir una experiencia inédita.

Todos reunidos, ajustando nuestros equipos, con cascos, chalecos, trajes de goma, en medio de remos amarillos, canoas y, por supuesto, consejos, de los más avezados.

Ya estamos navegando, río abajo. Entre piedras y rocas, a merced de la corriente. Esta experiencia, según me contó Jorge Szwarcnabel, de la agencia Grado 42, que me invitó a vivir el rafting, empezó hace poco más de veinte años.

El grupo disfruta de atravesar con éxito los rápidos, de algún modo, uno se siente como protagonista de una película de aventuras. (Foto: Captura TN)

Ismael, nuestro timonel, vive dando indicaciones para atravesar los rápidos sin peligro. Pero la inquietud existe no bien uno observa, al frente, las aguas turbulentas… Y es cierto. El rafting en el Manso es realmente un placer para la vista.

Desde el aire, con nuestro dron, a vuelo de pájaro, se ve la pureza de las aguas y el lecho de piedra del río. Y el trabajo de los remeros en los rápidos.

El río sigue hacia Chile para desaguar en el Pacífico, mientras uno admira a un lado y otro el bosque que se derrama sobre las orillas. Es una maravillosa mañana estival.

El grupo disfruta de atravesar con éxito los rápidos, de algún modo, uno se siente como protagonista de una película de aventuras, cada vez que esto ocurre. Todos levantamos los remos en señal de pequeña victoria. Y acá vamos en uno de los lugares más hermosos de la Argentina, que no por nada es parque nacional.

Hay sectores en el río para reponer energías. (Foto: Captura TN)

Hay descansos en la travesía. A veces, simplemente para que la tripulación se refresque. Lugares como remansos, islas en medio del río para reponer energías, sacar fotografías, visitar grutas. Es una geografía difícil, con piedra y árboles caídos e intentar nadar es algo imposible para mí, porque nunca pude aprender ni siquiera a flotar. Pero voy y vuelvo, como puedo, para diversión de todos, y seguimos nuestra navegación.

Después de cada rápido, el timonel ordena levantar los remos, porque llega el remanso. Y es tiempo de las fotos.

El rafting tiene el encanto de cierto dramatismo que en ríos como este no es tal, pero, a la vez, constituye un paseo hermoso y en contacto directo con la naturaleza más salvaje. Y nos quedará un hermoso recuerdo: una aventura de verano, de la que nos llevaremos experiencias tan deliciosas como el lecho de piedra que nos dejaba ver el cauce del río Manso y algunos intentos de nadar.

Canopy

Debo confesar que uno primero va con cierta reticencia, con cierto miedo a la tirolesa o canopy, pero con confianza, en la medida en que la educación exprés que recibe es la apropiada. Uno se suelta y termina jugando a ser el hombre araña colgando sobre el vacío, o en todo caso Rambo, salvándose raspando de las persecuciones de los vietnamitas. Viéndome, uno pensaría que esto resultó fácil. No lo fue tanto, por lo menos al principio.

Una vez que uno toma confianza, hay que dejarse llevar. (Foto: Captura TN)

Esto empezó así. Estoy en medio de un bosque tupido. Y empiezo a vestirme. A la vista, un sistema de cables, arneses, que va de un árbol al otro, bastante separados entre sí. En el medio, el vacío. Y mi vértigo. Pero Fermín Ávila, de Patagonia Canopy Tour, intenta tranquilizarme. Y Eliana Caamaño completa mi rápido aprendizaje. Y antes de ingresar al campo de trabajo, o al parque diversiones, según se vea, hay que pedir permiso a los duendes protectores del bosque: respetemos la tradición.

No me fue tan mal con mi primera experiencia con el canopy, que yo pensaba que se llamaba tirolesa. Sin embargo, y a pesar de que me adapté bastante bien a los cruces, el mundo del canopy tiene sus secretos para manejarse con seguridad, e incluso para frenar el envión y quedar literalmente suspendido en el aire.

El mundo del canopy tiene sus secretos para manejarse con seguridad. (Foto: Captura TN)

Una vez que uno toma confianza, hay que dejarse llevar y usar el guante para frenar y el timón para no girar en redondo. La mano bien atrás para mantener el control. Hay algunos cruces que están a bastante altura del suelo firme, y otros son de recorrido extenso. Pero la experiencia es muy gratificante, tal como me lo había anticipado Fermín.

Cabalgata al Cajón del Azul

Estoy en un sitio al que llaman Mallín Ahogado. Vamos a iniciar una larga cabalgata bajo el sol. Por eso es necesario el protector solar.

Será a través del bosque, pero serán muchas horas, según me acaba de anticipar Eduardo, el baqueano que nos va a guiar. El quiere que lo llamen Guayito.

Guayito cincha bien el pingo que me ha tocado en suerte. Se lleva un machete por cualquier inconveniente o suceso desagradable que se cruce en el camino.

Listos para salir en caravana. (Foto: Captura TN)

Tengo caballito criollo, pero más robusto y con una alzada superior que los demás de la tropilla. Con los estribos bien altos, no es fácil treparse a él. Responde al nombre de Blanquita. O por lo menos mueve las orejas cuando uno lo llama con ese nombre. Pero será un buen compañero. Y así fue que salimos en caravana, por una senda en medio del bosque de coihues, siempre en ascenso.

Nuestro destino está a un par de horas más arriba, un lugar al que le llaman el Cajón del río Azul. Y a poco de andar, ya cruzamos sus aguas por primera vez. Lecho pedregoso, río de montaña, aguas puras, cristalinas, por suerte con poco caudal en esta época del año. Después de casi una hora de marcha, nos cruzamos con muchos caminantes que harán el trayecto de a pie. Para ellos será todo el día, pero van felices: nada parece más natural que esto.

Llegamos al primer mirador. Hay una vista panorámica espectacular.

En un momento del tramo, hay que cruzar el río con los caballos. (Foto: Captura TN)

El río Azul tiene unos 40 kilómetros de extensión. Nace en un glaciar de las alturas cordilleranas, a 1800 metros de altura. Desemboca en el Lago Puelo y de allí desagua en el Pacífico. Es uno de los pocos ríos argentinos que desaguan en Chile, cerca de Puerto Montt.

A medida que vamos con nuestros caballitos, al paso, disfrutando de este paisaje extraordinario, que deja filtrar la luz de la mañana por entre las copas de los árboles la estrechez del curso de agua se hace más evidente, hasta llegar a un lugar mágico que se llama Los Pozones.

Ahí el cañadón se estrecha mucho, forma algunas lagunas de encanto que, pese a la sombra, uno imagina de un azul profundo y, depende de cómo les pegue el sol, de color esmeralda. Es un lugar para detenerse, descansar, tal vez meditar, dejándose llevar por el acompasado rumor del agua y el canto de los pájaros que anidan en coihues y cipreses.

En el camino, uno se encuentra con personas muy simpáticas. (Foto: Captura TN)

Hay un parador, con gente muy simpática, que vende refrescos y alguna vianda para los caminantes.

Antes de llegar al Cajón del Azul hay que volver a cruzar el río. Aquí está más crecido, el cielo azul se abre y el sol golpea fuerte. Pero después de este cruce y de avanzar un poco más, siempre en ascenso con Blanquita que parece conocer el camino como el mejor baqueano, y a veces en medio de la polvareda que se levanta por la sequedad que reina en toda la comarca, arribamos finalmente al final del camino: el Cajón del Azul. Y es un cajón en serio.

El whisky patagónico

A 10 kilómetros de El Bolsón hay un paraje encantador, que se llama Las Golondrinas. Hay chacras, casas dispersas, todas como protegidas por una vegetación generosa. Así llegué manejando a un campo que, desde el aire, se ve abierto, como un descampado.

En la entrada hay un cartel que señala que estoy entrando a La Alazana. Podría ser, con ese nombre, una estancia, pero en realidad es una destilería.

Podría ser de cerveza, porque he visto varias en distintos lugares del país, pero no: aquí hay una familia que hace whisky, whisky argentino, y no son escoceses, aunque ella tenga ancestros galeses. Ellos son Néstor Serenelli y Lila Tognetti.

Es una buena historia, sobre todo porque el producto luce premios internacionales y de los buenos, a pesar de que La Alazana es un emprendimiento joven.

Ambos tenían claro que era un trabajo previo de 10 años. En Escocia contrataron un laboratorio donde empezaron a hacer sus controles de calidad. Los escoceses empezaron hace siglos destilándolo como medicina, pero surgió esa bebida tan exquisita que la llamaron “agua de vida”. Solo diré que, de lugares así, en Escocia sobre todo, sale una bebida que para muchos es la más elegante del mundo.

No voy a contar todo el proceso que une cosas tan dispares como la química, la física, la agricultura en ese mundo de tanques, calefactores, conductos, cables, caños, relojes, ollas, que es una destilería.

Para crear este whisky patagónico, en Escocia contrataron un laboratorio donde empezaron a hacer sus controles de calidad. (Foto: Captura TN)

¿Hay algún secreto? Desde luego: los escoceses dicen que está en el agua. Bueno… ¿qué agua más pura que la que baja de la Cordillera, aquí en la Comarca Andina? Pero esta pareja le agregó otro secreto: y es que es todo patagónico.

Al principio traían la cebada malteada desde Escocia, pero ahora completaron el círculo: la cebada también es argentina. Y como dicen los franceses con sus vinos, la calidad de la tierra le da un estilo inconfundible.

El nombre que le pusieron al whisky (La Alazana) es bien gaucho, bien rural, como también es el origen de esta bebida en Escocia. Es un homenaje a una yegua alazana llamada Malén que ambos quisieron mucho.

Los escoceses dicen que el secreto del whisky está en el agua y ¿qué agua más pura que la que baja de la Cordillera, aquí en la Comarca Andina? (Foto: Captura TN)

El caso es que los escoceses lo adoran. Como los whiskeys norteamericanos (el bourbon), como los japoneses, ahora llegó el whisky argentino patagónico con estilo propio. La despedida tiene que ser en el pequeño bar, donde hay que ir a comprarlo porque no se vende en comercios.

De hecho, hay argentinos que hacen el viaje a El Bolsón solo para comprar el whisky.

La degustación no podía ser mejor. Brindamos y nos vamos.