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domingo, 25 septiembre, 2022

El triple crimen de Cipolletti: 24 años de impunidad

“Contra el silencio y el olvido cómplice” fue la consigna con la que se marchó este viernes en Cipolletti al cumplirse 24 años del triple femicidio que no sólo conmocionó a esa ciudad de Río de Negro sino a todo el país. De esta manera se renovó el pedido de justicia por las muertes de María Emilia y Paula González y Verónica Villar, hecho que aún sigue impune porque sólo hay un condenado: Claudio Kielmasz.

La Multisectorial de Mujeres de Cipolletti convocó la manifestación para este viernes y decenas de personas se concentraron en la esquina Roca y España para marchar a la Comisaría Cuarta, donde se encendieron papeles en la entrada principal de la dependencia.

La columna fue encabezada por un grupo de personas que sostenían las letras que formaban la palabra “memoria”.  Como en cada aniversario familiares, amigos de las víctimas y organizaciones sociales volvieron a exigir justicia ya que aún faltan precisiones que permitan esclarecer el asesinato de María Emilia, Paula González y Verónica Villar, cuyos cuerpos fueron hallados el 11 de noviembre de 1997.

La columna de manifestantes concentró en la plaza San Martín, de allí se trasladaron por calle Roca y volvieron por Yrigoyen.

Al llegar a la Comisaría Cuarta, la columna de participantes rodeó la unidad policial y prendieron fuego algunos papeles sobre la puerta de entrada, según consignó el diario de Río Negro. Luego la protesta regresó al punto de inicio, donde se realizaron los discursos.

El caso

Verónica Villar tenía 22 años, estudiaba Agronomía y amaba el fútbol. Solía escuchar a La Renga, Los Caballeros de la Quema e INXS en casetes que su familia todavía atesora. Aquel domingo 9 de noviembre de 1997 pensaba quedarse en su casa a mirar un partido de fútbol, pero una amiga la llamó y la invitó a salir a caminar por las afueras de la ciudad.

Era María Emilia González, una joven de 24 años que tenía una hijita de 2 y medio, Agustina. Quería ser maestra jardinera y estudiaba en un terciario de Cipolletti, pero también tenía el sueño de irse a Misiones para cursar la Licenciatura en Genética. Una de sus actividades favoritas era cocinar, algo que compartía con su hermana menor, Paula, una estudiante de 17 años que todavía estaba en el secundario. Ella también se sumaría a la caminata.

Salieron las tres en un Renault 9 rumbo a la casa de una cuarta amiga, Alejandra, que vivía en el barrio Magister. Llegaron pero no la encontraron, así que dejaron el coche y se fueron a caminar por la calle San Luis. Unos metros después de cruzar la avenida Circunvalación, entre calles de tierra, chacras y álamos exagerados de 50 metros de alto, se evaporaron.

Al caer la noche, los Villar y los González se alarmaron. No eran chicas de desaparecer sin avisar. Fueron a la comisaría 69° a radicar la denuncia, pero les dijeron aquella barbaridad que aún por entonces repetía la Policía: que tenían que esperar 48 horas para que alguien se dignara a salir a buscarlas. Entonces lo hicieron ellos, con amigos, familiares y vecinos. Armaron grupos de rastrillaje con linternas y códigos para comunicarse.

No tuvieron suerte.

Al otro día, lo mismo. Cipolletti empezó a revolverse sobre sí misma y la Policía se movió, con sospechable timidez. Pero al final fue un vecino el que descubrió el horror, ya entrado el lunes: Dante Caballero salió con su perra Ámbar, una ovejera alemán, y ésta olfateó lo que nadie quería hallar, a un kilómetro de Circunvalación. Era el cuerpo de Verónica, semienterrado junto a unas vías de tren, con los jeans y las zapatillas en su lugar, la remera blanca manchada de sangre y un calzoncillo blanco de mordaza. Le habían atado las manos a la espalda con sus propios cordones y le habían hecho algunos cortes para que muriera ahogada, con lentitud y dolor, en su propia sangre.

No hubo que moverse demasiado para descubrir el resto de la pesadilla. A 22 metros de Verónica, también entre la vegetación y no muy lejos de las vías, estaban las hermanas González. Paula tenía disparos en la cabeza y en la espalda, además de estar muy golpeada; María Emilia había recibido un balazo en la sien derecha, con las manos atadas con un cordón de zapatillas. Al igual que su amiga, ambas estaban vestidas.

La justicia solo pudo condenar a Claudio Kielmasz, quien permanece preso en el penal de Roca. Kielmaz y Hugo González Pino fueron condenados en julio de 2001 por el “secuestro agravado” de las jóvenes, pero el Superior Tribunal de Justicia anuló la condena del último y avaló la hipotética participación de otros tres sujetos que nunca fueron identificados.

Las hipótesis que se estimaban sobre la participación de la fuerza policial en el hecho y familias con poder político y económico de la ciudad, no encontraron sustento prueba durante la investigación que recibió una serie de cuestionamientos por parte de la sociedad.

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