Dolarización, devaluación, brecha: la pesadilla del dólar, justo el año en que llovieron dólares

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Pasó lo que no tenía que pasar. Que el dólar volviera a convertirse en obsesión de “la calle”, y que de allí saltara -y se instalara- en los zócalos de la TV, en las webs de noticias, en los noticieros de radio y TV, y terminara como carne de meme para las redes sociales. Al día de la elección el dólar blue quedó en $ 200, el contado con liqui libre en $ 212 y la brecha entre éste y el oficial en el 112%.

El peor escenario para un oficialismo, que además enfrenta la elección con otro tema hipersensible a punto de desbordarse: la inflación ya viaja al 3,5% mensual y si 2021 cerrará con una inflación del 50% los pronósticos privados para 2022 ya empiezan a ver un piso del 60%. Meses atrás, funcionarios oficiales arriesgaban que para este época del año la inflación estaría navegando, en descenso, a una tasa mensual del 1%. Le erraron.

El Gobierno enfrentó esta escalada del dólar paralelo aferrándose a un mantra conocido: “No habrá devaluación”.

En resumen el Gobierno enfrenta un escenario donde el problema es el dólar. Y todo lo demás también.

Todo lo demás es la inflación, la brecha cambiaria, la creciente desconfianza en la capacidad del Gobierno para aceptar o entender y resolver los problemas que enfrenta, las dificultades que tendrá para intentar enderezar la nave después del esperable mal resultado que obtendrá este domingo, el descontento que empiezan a expresar los movimientos sociales, respaldados (eso sí) en índices de pobreza e indigencia que con la inflación en alza solo podrían empeorar..

Y el problema es también las confusas señales que irradian desde la alianza gobernante.Las apariciones públicas de las principales figuras se transformaron en un llamativo catálogo de gestos, mohínes, saludos fríos o calientes, miradas que se cruzan o se evitan… Lo que se deja ver del hermetismo vicepresidencial son las epístolas públicas -en comunicación directa con el pueblo- para contar su posición. Con la última carta provocó la renuncia simulada de medio gabinete. Quién sabe qué habrá que esperar en las horas siguientes a este domingo, cuando los números del escrutinio estén sobre la mesa.

La cuestión del dólar contrasta con números impactantes. El Gobierno obtendrá este año un superávit comercial cercano a los 15.000 millones de dólares, recibió del FMI cerca de 4.300 millones de dólares y dejó de pagarles en dólares a los acreedores privados, debido al canje de deuda cerrado en agosto de 2020.

Así y todo, durante el año no hizo más que reforzar el cepo cambiario. Y las reservas -aunque crecieron en cerca de 3.000 millones en el total- son cada vez más escasas si se mira las que efectivamente se puede utilizar para intervenir en el mercado cambiario.

Precisamente, durante todo este año el Banco Central estuvo interviniendo en el mercado de títulos públicos para evitar dos cosas: una disparada de los tipos de cambio paralelos (sobre todo el contado con liquidación) y la ampliación de la brecha de éstos dólares con el oficial. En esa tarea lleva gastados, este año, cerca de 2.500 millones de dólares. El resultado obtenido: la brecha entre el oficial y el CCL era del 69% a fin de 2020 y hoy es del 112%.

La disparada del tipo de cambio y de la brecha acentuó la tendencia de la sociedad a dolarizar sus ahorros. Lo notable es que dado el límite de los 200 dólares del llamado irónicamente “dólar solidario”, afloraron muchos emprendimientos que facilitan la dolarización mediante apps y billeteras digitales. Es decir: la dolarización -y no solo el precio del dólar- ya es parte de la conversación cotidiana de los argentinos.

Los argentinos se volcaron a la “dolarización” a través del dólar blue, el dólar MEP en la Bolsa, los más sofisticados (se necesita cuenta bancaria en el exterior) al dólar contado con liquidación. Y también creció mucho la opción CEDEAR, es decir comprar, con pesos, acciones de empresas que cotizan en Wall Street: con esto se consigue atar los pesos al valor de la acción y del dólar contado con liquidación. También a las florecientes criptomonedas.

El Gobierno también tuvo que alimentar esa tendencia a la dolarización emitiendo cada vez más bonos del tipo “dolar link”.

Y además el Banco Central vendió contratos por miles de millones de dólares en el mercado de dólar futuro. El economista Fernando Marull calculaba, días atrás, que una devaluación del 20% antes de fin de año le provocaría al BCRA una pérdida de 60.000 millones de pesos. A cambio, sus reservas, calculadas en pesos, subirían también un 20%, dándole una ganancia artificial de 2 billones de pesos. Esa ganancia se la puede girar, entera, al Tesoro, y así seguir financiando el déficit fiscal. Una inyección de pesos que luego, si se puede, será absorbida por Leliqs.

Para los días posteriores al 14-N quedan dos incógnitas planteadas. La primera es qué va a pasar con el dólar. La segunda, no menos importante, qué va a pasar con el FMI. Una de las cosas increíbles de esta alianza gubernamental es que a dos años de haber asumido aún no se tenga claro qué piensa hacer el Gobierno con un tema tan determinante para lo que resta del mandato presidencial.

Más allá de la decisión que se tome, cabe preguntarse qué se ganó demorando el acuerdo con el FMI. Mientras reclamaba llevar de 10 a 20 años el plazo de pago de la deuda (pedido denegado) y bajar la tasa de interés (pedido denegado, aparentemente) el Gobierno cumplió hasta ahora con cada vencimiento, y le devolvió al FMI 4.174 millones de dólares del préstamo tomado por el gobierno de Mauricio Macri.

La demora en acordar con el FMI -posiblemente si se firma se hará en términos parecidos a los que se podrían haber obtenido un año atrás- significó no solo pérdida de reservas, sino una creciente desconfianza que explica la disparada del dólar paralelo, de la brecha y por qué no de la inflación galopante. Una procrastinación que no sirvió de mucho.

En la grieta que atraviesa al Frente de Todos, no llamaría la atención que los reproches mutuos transformen el “¡ah, pero Macri!” que se escuchó repetidamente en el “¡Ah, pero Fernández!”, es decir el Presidente echándole la culpa a Cristina, y viceversa.

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