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viernes, 19 agosto, 2022

Casi no ve, tiene epilepsia y se anima a todo: corrió 55K de una ultramaratón en las sierras de Córdoba

El reloj en la esquina de la plaza de Villa Yacanto marca las 17.19. Pasó el vendaval de corredores, bajó la adrenalina y es tiempo del mate individual para esperar la llegada de los de las distancias más largas. Aún no hay rastros del atardecer y los perros se pasean en busca de mimos de los forasteros cuando una dupla dobla su penúltima curva de 90 grados. Un giro a la izquierda y listo: la pasarela final hasta cruzar el arco inflable de llegada. Lentes de sol, chalecos de hidratación, raspones en las piernas. Nada extraño para una carrera de montaña. Error. Verónica Etchegoyen acaba de convertirse en ultramaratonista en las sierras cordobesas y emociona el abrazo con su guía, Ariel Scavo.

Con una mano agarrada a la mochila del “Pájaro”, además del uso de un lazo o de una soguita de 20 centímetros, Vero recorrió los 55 kilómetros del Ultra Trail Amanecer Comechingón escuchando cada palabra de su compañero. Sus ojos. Porque ella es ciega del derecho y disminuida visual del izquierdo, además de sufrir de problemas de audición y de epilepsia.

“Me siento plena”, le dice a Clarín sentada en las piedras del anfiteatro de la localidad cordobesa después de 13 horas, 19 minutos y 1 segundo de aventura. Se le nota a la legua. Si hasta no hace mucho había pensado en dejar de correr…

-Pájaro, ya está. No corro más.

-¡¿Qué?!

-Ya fue. Se suspenden todas las carreras.

-No, Vero, vos dejámelo a mí.

Dupla. Ariel “Pájaro” Scavo y Verónica Etchegoyen, durante los 55 kilómetros del Ultra Trail Amanecer Comechingón. Foto www.ubice.com.ar

Acostumbrado a luchar contra los imposibles, Ariel, el fundador de “Ojo de Águila Running”, equipo de guías especialistas en ciegos y disminuidos visuales que se expandió a Brasil y a México, le apuntó a la UTACCH -“La Mística”, en el ambiente del trail running-. “Nos invitaron, la planificamos, pedí vacaciones en mi laburo (seguridad privada en logística) y aquí estamos”, cuenta este metalero de alma. Misión cumplida.

Para alrededor de 2.800 corredores, esta encantadora prueba en las Sierras de los Comechingones, con distancias de 9 a 160 kilómetros, fue volver a respirar aire fresco a comienzos de octubre, después del peor momento de la pandemia. Verónica no le escapó a la “nueva normalidad”: entrenarse en su casa, luchar para mantener la motivación y esperar el momento de la revancha. Su hermosa medalla es el premio. Y su historia contagia.

“Tengo el síndrome de Vogt Koyanagi Harada, una pérdida progresiva de la visión que se me presentó después de ser madre, a los 24 años -dice hoy a los 49-. Digamos que se me van rompiendo las partes del ojo. De uno quedé ciego y en el otro distingo la luz por un agujerito. Por eso en la carrera veía manchas verdes y marrones, pero no llegaba a ver el suelo. Esta misma enfermedad hizo que sea sorda de un oído, con un zumbido”, explica Verónica sobre su discapacidad.

Ella sabe lo que es correr medio maratones en calle, pero también se dio cuenta de que hacerlo al aire libre y en terrenos cambiantes le viene muchísimo mejor. “Me gustan mucho las de trail porque también sufro discapacidad neurológica: tengo epilepsia. Y cuando corro muy seguido en llano, me voy -explica-. En cambio, descubrí que este tipo de carreras me mantienen en el aquí y ahora. Disfruto más. Estoy siempre con la sorpresa de saber con qué me voy a encontrar: una subida abrupta, una bajada, una piedra… Me encanta todo esto”.

Here comes the sun. Los corredores admiran el paisaje durante el Ultra Trail Amanecer Comechingón. Foto @guiakmzero

Cualquiera que haya disfrutado de una carrera de trail sabe que la concentración es determinante: contemplar al trote la naturaleza con la vista en un paisaje puede desembocar en un pozo, piedra, rama o tronco no visto y al demonio.

¿Cómo es una carrera para una persona que no ve y apenas distingue la luz de la oscuridad con un ojo? Lo explica el “Pájaro”: “Estuvimos 13 horas hablando, je. Las órdenes deben ser claras: ‘subí el pie’, ‘bajá el pie’, ‘piedras’, ‘escaleras’, ‘loma’, ‘badén’. Todo hay que indicarle, porque ella se tiene que hacer una imagen virtual.

-¿Cuáles son los momentos bravos en los que hay decirle “¡Cuidado!” o “¡Guarda!”?

-El “¡Guarda!” no se dice nunca, porque ella no sabe si es un precipicio, un perro que la está por comer o un coche que la puede pisar. No se lo imagina. Hay que ser más preciso: “giro de 90 grados”, “retomo en U”. Sos un GPS humano y la vas llevando. Si hay dos filos de piedra y yo no paso justo por el medio, se le corta un tendón. ¿Entendés? No le puedo errar por dónde la llevo y por dónde pasa. Siete veces pasamos por agua y hubo patinadas, pero se agarraba de la mochila.

Se hizo la luz. Con las linternas frontales, los corredores transitan la noche durante el Ultra Trail Amanecer Comechingón. Foto @guiakmzero

Tania Díaz Slater no solamente es una de las mejores corredoras de trail de la Argentina sino que es la directora general de UTACCH y organizadora junto a su marido Rodrigo Peiretti en Mountain Race. Como conoce la dificultad de cada distancia palmo a palmo, sólo tiene admiración por lo hecho por Verónica.

“Es admirable que nos hayan elegido porque es un circuito muy técnico, que ya es un desafío para correrlo con visión y con todos los sentidos. Ella ha tenido que estar más atenta que nadie junto a su guía. No deja de sorprenderme y siento admiración -le cuenta a Clarín-. “Recuerdo el caso de un señor que corrió en El Durazno sin una pierna y agitaba a todos. Son personas poderosas”.

Verónica sabe bien dónde estuvo la mayor dificultad: “En las bajadas se me complicaba porque las piedras se movían y se deslizaban conmigo. Pero iba tomada de la mochila, con la soguita y el bastón. Sabía que tendríamos muchas subidas y bajadas. Me fui imaginando qué parte caminaba y quería correr en ripio, pero nunca pensamos que era tan técnica”.

-¿Cómo explicarías tu sensación al vivir esta experiencia?

-Me siento plena por haber llegado. Nos invitaron y me pareció interesante hacer esta carrera al aire libre. Estuvimos tanto tiempo encerrados que disfrutar esto es una locura. Todo tuvo su complicación, pero a mí me encantó. El chiflón que había arriba te tiraba para atrás. Es parte de la carrera. Hay que disfrutarlo. En un momento me caí de rodillas y me dolía. Cuando llegamos a un puesto, el “Pájaro” me preguntó: “¿Qué hacemos?”. Faltaban 9 kilómetros. “Dale, vamos -le dije-. Con las patas a la rastra, yo llego igual”.

Y llegaron nomás.

Animarse a más

Trabajo en equipo. Ariel “Pájaro” Scavo y Verónica Etchegoyen, durante los 55K del Ultra Trail Amanecer Comechingón. Foto www.ubice.com.ar

Verónica vive en San Antonio de Padua y comenzó a correr hace seis años. Fue un camino de ida. “Arranqué y no paré. Nunca había corrido en mi vida. No sabía que se podía, je. Todos lo podemos hacer, es gratis, agarrás y par de zapatillas y listo. Muchos hablan de hacerse un tiempo para entrenar. Yo me entreno aunque sean las 10 de la noche y le tengo una confianza incondicional al Pájaro”, cuenta ella.

Durante el confinamiento no hubo otra que moverse en su casa, con trabajos funcionales. “La cinta me aburre y aparte me tengo que atar toda porque me voy de un lado a otro y me puedo caer. Así que tres veces por semana preferí subir y bajar sillas en mi casa, je. Necesitaba fortalecimiento muscular y mucho aeróbico con la soga, con la supervisión de mi entrenador, Ezequiel Silva”, relata.

El “Pájaro”, vecino de Villa Devoto, escucha e interrumpe cómplice. “Es mentirosa, no le des mucha bola. Venía corriendo, eh, porque dos semanas antes de UTACCH hicimos un fondo de 21 kilómetros en Ezeiza”, pasa el dato.

Y cuenta un detalle clave a la hora del entrenamiento o de una carrera con un ciego o disminuido visual: “Siempre deben ir a la derecha del guía, porque si vamos por calles en las que no cortan el tránsito, si fuera por la izquierda me la puede pisar un coche. Ella corre del lado de la banquina porque si viene un auto lo esquivo yo”.

Verónica siempre se anima a más. Para muestra, basta este botón en las sierras. Pero en 2019 representó a la Argentina en el Mundial de tenis para ciegos y disminuidos visuales en España y llegó a los cuartos de final. “Jugamos con pelotas sonoras que salen 123 dólares y me las tengo que comprar yo para entrenar. Fue la primera vez que el país llevó un equipo de sound tennis. Me encantó y este año no pude seguir por las carreras. Pero en 2022 volveré a integrarme. Siempre voy por más”, avisa.

Verónica Etchegoyen, en lo alto del podio de la UTACCH junto a Ariel Scavo, su guía. Foto @2pajaro2

En un mundo que ofrece obstáculos constantes a personas con discapacidad, Etchegoyen advierte un panorama optimista: “Es cierto que hay un preconcepto que está muy afianzado, pero creo que de a poquito se va abriendo el camino”.

Con años de entrenamiento, carreras y vida cotidiana al lado de hombres y mujeres ciegas o con disminuidas visuales, el mensaje del “Pájaro” Scavo cala hasta los huesos a ver si se entiende: “Ellos y ellas son iguales que nosotros, salvo que no ven. Hacen exactamente todo lo mismo: juegan al tenis y al ping pong, corren maratones, andan en kayak y en bicicleta, compiten en triatlones y Ironman… Tienen más vitalidad y le ponen más voluntad que nosotros. Cuando escucho un ‘Yo no puedo’, contesto: ‘Flaco, si ellos pueden, vos podés’. Nuestro mensaje es que aún una carrera tan difícil y jodida como fue UTACCH, una persona la puede hacer con los ojos cerrados o sin ver”.

Verónica Etchegoyen se sube a lo alto del podio para la foto. Ariel Scavo la toma de la mano desde abajo. No la deja ni para ese momento icónico. Ella baja y escucha: “Vero, no sabés la de raspones que tenés en las piernas y en las rodillas”. Se oye el silencio, una sonrisa se dibuja en su rostro y llega la respuesta: “Son trofeos de guerra. Me encanta”.

HS

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