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San Fernando del Valle de Catamarca
viernes, 1 julio, 2022

La desesperación, esa mala consejera

Una amiga que ya no está me dijo una vez: cómo me voy a dormir si tengo tantas cosas pendientes para mañana. Recuerdo que, algo sorprendido, le respondí: para hacerlas, hay que estar descansado.

Lo sé, es más fácil ponerlo en palabras que en hechos (o en horas de sueño). Vaya paradoja: soy un hombre ansioso, cuando me entusiasmo -o me obsesiono- con algo lo quiero para ya pero con el descanso me pasa algo diferente. Soy consciente de que le tengo que dar tiempo y me tranquiliza un rasgo casi infantil: anotar en un papel o en una libreta un recordatorio de lo inconcluso. No me voy a olvidar, no va a quedar nada sin hacer, puedo ir a la cama tranquilo, mañana habrá tiempo.

Me voy a permitir un comentario de imprecisa subjetividad. Quienes sufren insomnio -los que yo conozco- mantienen una relación demasiado pasional tanto con la noche como con la mañana. La madrugada, en particular, les parece una pérdida de tiempo, un terreno estéril. Y el amanecer un espacio prometedor al que no pueden acceder por pura somnolencia. ¿Qué pasa si se invierte esa ecuación? Sé que no todos pueden: hijos, trabajo y los demás etcéteras. Pero habría que abrirse una ventana y si de noche no se puede dormir, disfrutarla. ¿Qué? Sí, quitarle esa presión: mientras más se intente, peor será el tesón opositor de la mente. A veces la rebelión interna sólo nos hiere.

Si vamos a estar con sueño, por lo menos sintamos que ese tiempo nos brindó algún placer. Y levantémonos cuando debamos. Si es temprano, no manejar, no trabajar con máquinas peligrosas, cuidarse bastante en la cocina. Pero vivir el día hasta que llegue la oscuridad. Ahí el insomnio va a decrecer, hay un momento en que el cansancio vence, se impone. Y ayudémonos con un somnífero virtual: saber que nada se acaba durante el sueño, que un rato de descanso no equivale a abandonarse, a dejar el mundo a medio hacer. Puede parecer una receta fácil, casi una sugerencia de aquellas que daban los abuelos. Pero vale probar: la desesperación difícilmente sea una buena consejera; lo saben quienes durante las noches dan interminables vueltas nerviosas sin resultados. Algo, entonces, habrá que cambiar

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